La soledad del as

Por Xavier Velasco*

La ovación es un premio que invita a la locura. Más todavía si ocurre con frecuencia y son cientos de miles quienes aplauden, gritan, brincan y se apapachan, como si el aplaudido —que en realidad no ha hecho sino anotar un tanto para su equipo— acabara de salvarles la vida. Se le trata, en efecto, como a un héroe, y poco se escatima en atribuirle dotes sobrenaturales. El juego del fanático está en exagerar, ya sea que celebre o despotrique, y nada le parece más mezquino —justo cuando gobierna la taquicardia— que escuchar un llamado a la mesura.

Pocas mamarrachadas suenan tan razonables como aquellas que a veces prodigamos en compañía de otros aficionados. Sentencias no sólo épicas, sino incluso teológicas, se vuelven procedentes, exactas y brillantes cuando resumen nuestra admiración por la gesta de un ídolo a la vista. “¡Perenganito es Dios!”, concluye el exaltado de la fila de atrás y uno alza los pulgares, convencido, como si una evidencia milenaria se le hubiese de pronto revelado. Todo lo cual apunta a disolverse conforme pasan horas y la emoción vibrante va cediendo terreno al mundo real, donde los dioses rara vez abundan y no hay un as que triunfe por nosotros.

Pongámonos ahora en los huesos del as. No vuelves a la tierra como si cualquier cosa cuando la multitud se esmera en endiosarte, así en la cancha como ante las cámaras, y virtualmente en todo lugar. No puede el as pararse en una esquina sin que una horda de mortales idólatras le cubra de alabanzas y miradas rendidas que subrayan aquella divinidad presunta de la que sólo quedan dos escapes posibles: el odio o el olvido, ambos insoportables para quien ya probó la ponzoña del éxito rotundo y no sabrá vivir sin siquiera el consuelo de evocarlo.

Mistificar al as es crear un monstruo, que como los vampiros vivirá sin poder mirarse en el espejo. Si antes de ser trepado a los altares se le veía atlético, perseverante y habilidoso, entre otros atributos propios de un deportista sobresaliente, una vez equipado con la aureola del prócer se le creerá capaz de consumar hazañas ilimitadas, y a él no le quedará sino creérselo, pues ya se ha acostumbrado a las lisonjas al extremo de hallarlas naturales (y muy probablemente no soporta las críticas de quienes nada saben de sus grandes esfuerzos por seguir cosechando la droga del aplauso).

Del campeón al titán no hay más que un breve paso, y suelen ser los otros —entusiastas, fanáticos, oportunistas, encandiladores— quienes lo dan por él. Son tan grandes su fama y su leyenda que abundan exaltados dispuestos a apostar por su presunta infalibilidad, no sólo en el deporte sino en cualquier terreno. En todo caso, no le faltan adeptos: su mero nombre ya es una franquicia. Una vez que han mermado sus facultades físicas, el monstruo se levanta con hambre de ovaciones y es tarde para hacerle entrar en razón. Preferirá vivir en el ayer a aceptar un mañana sin grandeza.

Desde el palco del sentido común, la aventura política del hoy gobernador Cuauhtémoc Blanco —quien como as de la cancha solía ser mañoso, narcisista, destemplado— luce tan insensata como la idea de trasladar sus mundialmente célebres cuauhtemiñas al terreno de la administración pública. No es de extrañar que un ídolo que excitaba a su público con la pantomima de orinar como un can la portería contraria se sienta facultado para cualquier cosa; lo raro, en todo caso, es que alguien esperase sapiencia y perspicacia de un pobre solitario extraviado en sí mismo que lleva media vida viendo apenas su sombra, bajo los reflectores de una fama que todavía hoy le impide contemplar más realidad que la de una soberbia en franca decadencia. Debe de ser terrible ver entrar tantos goles en tu portería sin poder explicártelos, y aún seguir esperando una ovación cerrada que ya no volverá.

* Texto original: https://www.milenio.com/opinion/xavier-velasco/pronostico-del-climax/la-soledad-del-as

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LA AUTOCRACIA EN CIERNES

El reciente actuar del Presidente de la república, enviando a diversas dependencias un memorándum para dejar de hecho sin efecto disposiciones de Ley en su sentido amplio, es decir incluyendo disposiciones constitucionales, pone de manifiesto nuestra incultura no solo jurídica sino política, pues es evidente que en el discurso la política y la ley son un matrimonio indisoluble pero en el actuar gubernamental están divorciados.

Esto pone en relieve eso que algunos llaman pomposamente como “politización” del mexicano -la cual no es más que un fantasma o una simulación- ya que quienes lo sostienen afirman que el habitante, al estar vinculado a través del voto para la formación del poder público o gobierno, así como, receptor de servicios públicos para la satisfacción a sus necesidades, por añadidura ya está “politizado”, lo cual es un argumento no solo falaz sino perverso, ya que el trato para con la población durante el ejercicio del poder o gobierno no es en realidad la de un ciudadano sino la de un dependiente o súbdito.

Muestra de lo anterior son las nuevas pensiones a adultos mayores, que si bien son un acto de justicia social distributiva, también lo es que la mayoría los beneficiarios no advierten que dichos beneficios no provienen de recursos del gobierno o de la magnanimidad del gobernante o Presidente, sino de recursos públicos aportados por los contribuyentes. Y sin embargo, la mayoría de los mexicanos son ignorantes o indiferentes a esa condición, debido al alto grado de incultura política que prevalece, lo cual naturalmente impide provocar alguna alarma o inconformidad en la sociedad.

La cultura política de súbdito no es la cultura política democrática de participación, es todo lo contrario; una autentica participación ciudadana nace mediante la adopción de un Gobierno Abierto, el cual viene a ser “un esquema de gestión y de producción de políticas públicas orientado a la atención y la solución colaborativa de los problemas públicos con base en colegiados plurales, en cuyo trabajo, convergen la transparencia y la participación ciudadana como criterios básicos, en un ambiente de rendición de cuentas e innovación social”[1].

A nivel discursivo, los gobiernos aceptan a la participación ciudadana como parte de las mejores prácticas internacionales, sin embargo, en la práctica se oponen, ya que les preocupa que los ciudadanos conozcan y se involucren en los procesos y procedimientos gubernamentales porque consideran que pierden control en sus asuntos.

En realidad la verdadera “politización” de una sociedad se origina en la calidad del ciudadano, misma que no se reduce meramente a soportar dicha relación con el poder político o incluso ni a la capacidad para su formación democrática o de representación política, sino que, la auténtica calidad de ciudadano resulta consustancial a su poder y deber cívico, porque lo político de la política reside en la responsabilidad cívica de ser un contrapeso y cuidador del quehacer público, mismo que no únicamente representa independencia del gobierno, sino, incluso, autonomía operativa como su contralor social o vigilante externo del mismo, pero eso, además, exige el cumplimiento de determinados requisitos sustanciales para adquirir la legitimación para actuar como dicho contralor y vigilante del gobernante y, sin duda, el más importante y trascendente de esas condiciones es el de cumplimiento estricto de la ley.

Por tanto, podemos afirmar que en nuestro país priva la incultura política, porque no hemos asumido cabalmente los deberes de esa responsabilidad.

Cuando un representante del poder público o gobernante decide hacer a un lado la Ley no solo infringe la misma, sino, además, viola su juramento, amén de que abona negativamente a nuestra precaria cultura política, sobre todo, tomando en cuenta que el gobernante es el educador omnipresente de una sociedad y cuando éste decide hacer a un lado la Ley, está invitando con su ejemplo, a que los gobernados hagan lo mismo.

Algunos citan como ejemplo la calidad de la ciudadanía de países como Suecia por su nivel de “politización” pero lo hacen bajo una premisa falsa de la cultura política de masas, aludiendo al hecho de que al ser beneficiarios de los bienes y servicios públicos que le presta el gobierno y aceptarlos, por tanto, aducen que esa satisfacción “brindada” justamente por el poder público, los califica como ciudadanos y ese punto es un error de elemental lógica, o sea, un sofisma, puesto que el poder público o gobierno no es un mandante magnánimo que brinda u otorga bienestar social desde su patrimonio, sino es el mandatario obligado a responder a las necesidades de su población o comunidad, prestando los servicios requeridos, porque al final de cuentas los ciudadanos mandan al gobernante al cumplir con la elemental condición de respetar la ley, entre ellas, la obligación de pagar sus contribuciones y consecuentemente, exigir a cambio la prestación o contraprestación de bienes y servicios satisfactorios de sus necesidades y demandas sociales.

Esa premisa es justamente la base correcta de todo la relación con el poder público o gobierno, y no el del que gobierno nos brinda de su generosidad bienes o servicios, incluyendo el de la seguridad y justicia o aplicación de la ley, evitando la impunidad, pues la carencia de impunidad radica en que no hay necesidad de que el Estado provea un policía para vigilar a cada ciudadano y hacerlo cumplir la ley, ya que ésta se cumple voluntaria y espontáneamente, es decir, obedece ese cumplimiento a su elevado nivel de cultura política, en otros términos, se asume socialmente esa cultura por la comunidad, lo cual no solo legitima al ciudadano para ser vigilante y contralor del poder público sino que al través de la práctica de dicha cultura, se garantiza el orden y la convivencia social respetuosa y civilizada.

En este contexto, existe un doble carácter de la participación ciudadana en el Estado. En primer término, la participación es un proceso resultante de las acciones de los actores, con sus identidades, orientándose a la incidencia en el Estado como garante de reglas que hagan factible la inclusión social y en términos generales del estado de derecho. En segundo término, la participación es un resultado, ya que el Estado incorpora en su institucionalidad los mecanismos forjados por la sociedad para que la atención a las demandas sociales sea sustentable y duradera en la promoción de la equidad y la confianza[2].

En resumen, lo que nos hará auténticos ciudadanos a los mexicanos será cuando adquiramos nuestra mayoría de edad y legitimación política- jurídica para poder exigir del poder público el cumplimiento de sus obligaciones y no solo esperar con la mano extendida para recibir magnánimamente subvenciones o servicios basadas en supuestos derechos abstractos y de papel. Cuando logremos invertir la relación entre gobernante-gobernado en forma efectiva, a partir que el gobernante sea el empleado y el ciudadano el patrón o empleador, entonces habrá ciudadanía y, por tanto, cultura política. Empero todo ello partiendo del respeto a la cultura de la legalidad y es entonces cuando el gobernante empezará a predicar con el ejemplo, algo que aún se observa lejano.

Prueba de ello es que nuestro Presidente está en una órbita de la política pero al margen de la órbita Ley, es decir, anda desorbitado de la legalidad, lo cual es común en lo que se conoce como populismo, en donde la Ley está al servicio del poder político y no a la inversa, la administración pública federal debe entender que necesita incorporar al ciudadano en el diseño de las políticas públicas, no sólo por motivos ideológicos o clientelistas, sino por el simple motivo de acertar con el diseño “El gran reto en el siglo XXI, sigue siendo el de construir una administración ciudadano-céntrica, que orienta su actividad a las necesidades de cada ciudadano[3], lo anterior como debería de ser en un Estado de Derecho Democrático, cuya máxima, expresada frecuentemente por el propio Presidente, consiste en que nada al margen de la ley y nadie por encima de ella, lo cual nos confirma que la Política no está sujeta a la  voluntad del gobernante o gobernado, sino a la voluntad o imperio de la Ley.

Cuando en un Estado no impera la Ley, imperan las personas, y eso es una regresión a la autocracia.

Francisco E. Postlethwaite Duhagón

 

[1]http://inicio.ifai.org.mx/SiteCollectionDocuments/Transparencia/Modelo%20de%20Gobierno%20Abierto/Modelo%20Te%C3%B3rico%20de%%20Abierto.pdf

[2] Ortiz Sandoval, Luis (2012), “La instancia pública de la gestión. Algunas consideraciones sobre la participación ciudadana en el Estado”, Caracas.

[3] Ibidem.

LA CORRUPCIÓN DESDE UNA PERSPECTIVA PSICOLÓGICA

Artículo escrito por el  Dr. Alberto Soler Montagud

La corrupción es un fenómeno lamentablemente en boga y frecuente en ciertos sectores de la política y el mundo empresarial y financiero. Podríamos definirla como una transgresión de las normas llevada a cabo de modo voluntario y con la con la intención de obtener beneficios personales.

Es una práctica sistemática en la que pervertir, depravar y sobornar se convierten en el modus operandi del corrupto en perjuicio de terceros y del interés colectivo de la ciudadanía.

Sociología de la corrupción

Hay una serie de factores que son inherentes a la corrupción tales como:

  • La tendencia a identificar el éxito con el dinero.
  • La prevalencia de la moral heterónoma sobre la moral autónoma. Consideramos moral autónoma la que incentiva a cumplir las leyes independientemente de premios o castigos, mientras que moral heterónoma es la que impele a cumplir las leyes sólo por miedo al castigo y no por un respeto interiorizado a las mismas.
  • La falta de conciencia por parte de la población de que los bienes públicos, que aseguran el bienestar social, se consiguen a través del esfuerzo de todos y deben ser respetados.
  • El acostumbramiento a la corrupción por parte de la población y a aceptar la misma como algo normal ante la aparente impunidad que exhiben quienes ostentan el poder y delinquen, circunstancia que les predispone a delinquir tal cual hacen los poderosos.

Todo ello contribuye a que los miembros de la sociedad interioricen una percepción subconsciente de que defraudar es algo lícito y aceptable.

Surge de este modo una tolerancia y benevolencia ante la corrupción así como una falta de conciencia y una desmotivación social para cumplir las leyes así como una predisposición a defraudar siempre que sea posible y se minimice el riesgo de ser descubierto

Perfil psicológico del corrupto

Desde una perspectiva psicopatológica, el corrupto es un individuo que sistemáticamente ignora al “otro” y prescinde de los valores éticos, morales y cívicos que garantizan la equidad en la convivencia.

Su modus operandi responde a la satisfacción de ciertas pulsiones en beneficio de su ego.

Carecen de una moral autónoma y solo respetan la ley por el miedo a las sanciones, de tal modo que su ética sería similar a la de un niño de cinco años.

Otra singularidad del corrupto es su irresponsable sensación de invulnerabilidad. Creen que sus fechorías nunca serán descubiertas ni se juzgarán y, por tanto, nunca serán condenados.

Se sienten inmunes y descartan las consecuencias negativas inherentes a sus actuaciones, lo que les incentiva a ser temerarios, a jactarse de sus actividades ilícitas y a no dimitir de sus puestos cuando son descubiertos en sus delitos, por la obstinada y patológica negativa a reconocerlos.

El corrupto transgrede intencionadamente las normas movido por la ambición y por su obsesiva identificación del éxito con el dinero así como por su necesidad de un reconocimiento social que satisfaga a su ego.

Tipos de corruptos

Psicopatológicamente, podemos englobar a los corruptos en dos grandes grupos:

  • Corrupto narcisista. Están convencidos de que son superiores, se caracterizan por un patrón de grandiosidad, necesitan ser admirados y carecen de empatía para conectar emocionalmente con los demás.
  • Corrupto antisocial.Sienten necesidad de mostrar su superioridad, son manipuladores y explotadores, violan sistemáticamente los derechos del otro y son propensos a cometer actos delictivos. No aceptan la culpa de los delitos que cometen y, aunque quizás lleguen a sentir vergüenza al verse expuestos al escarnio público, nunca dan muestras de arrepentimiento.

Tratamiento del corrupto

Difícilmente podemos hablar de un tratamiento psicológico del corrupto ya que la corrupción no es una entidad patológica contemplada como tal por los manuales diagnósticos, sino una práctica delictiva llevada a cabo por ciertos individuos que suelen presentar unos trastornos psicológicos y de personalidad sobre los que sí que se podría intervenir psicoterapéuticamente.

La corrupción, en cierto modo, podría ser considerada como un síntoma o un rasgo mas de verdaderas patologías tales como el trastorno narcisista de la personalidad o el trastorno antisocial de personalidad, no obstante las particularidades varían significativamente de unos caso a otros.

Nuevas herramientas para el Gobierno Abierta creadas por la SCTG

            Es fundamental para cualquier Dependencia encargada del Control Interno, la implementación de herramientas tecnológicas que favorezcan un modelo de gobierno abierto, en el caso de Baja California encuentra sentido para dar cumplimiento a las metas y objetivos planteados en el Plan Estratégico de Baja California 2013-2019, en el Plan Estatal de Desarrollo 2014-2019 así como de la “Agenda 2030 de Objetivos de Desarrollo Sustentables” que encabeza la Organización de las Naciones Unidas, es por ello, que desde la Secretaria de la Contraloría y Transparencia Gubernamental que encabece se crearon las siguientes TIC´s:

1.- Sistema Estatal de Transparencia de Baja California (SETBC).

            Con el objetivo de que Baja California sea un Estado abierto y cercano a la gente, como se plasmó en el Plan Estatal de Desarrollo 2014-2019, se concibió la presente plataforma tecnológica, que brinda un mejor acceso a la ciudadanía de la información pública que genera el gobierno, promueve el derecho a la información entre la sociedad.

2.- Micrositio de Gobierno Abierto.

            Surge de la necesidad de fomentar la participación ciudadana, alimentarnos de la opinión de la sociedad y recobrar la confianza entre sociedad y gobierno; a través de dicha herramienta se busca la consolidación de la participación y el desarrollo de la gestión pública impulsando un gobierno transparente y accesible donde las acciones de los servidores públicos e instituciones estén bajo el escrutinio público, un gobierno responsable y que rinda cuentas, así como un gobierno sensible y receptivo.

3.- Sistema de Quejas y Denuncias.

            Desarrollado con el ánimo de brindar prontitud a las quejas presentadas ante esta Secretaría. A través de un mecanismo ágil y seguro para presentar quejas y denuncias en contra servidores públicos del Poder Ejecutivo, fomentando la rendición de cuentas y la cultura de la legalidad.

            Dichas herramientas considero crearon una ventana de oportunidad para la administración estatal actual, como unas herramientas efectivas para el combate a la corrupción.

            Así pues, al hablar de un Sistema Estatal de Transparencia es hablar de la accesibilidad y el enfoque ciudadano que tiene dicho sistema tecnológico, único en su tipo, y que resulta por mucho más amigable inclusive que el que se cuenta a nivel federal.

            Al referirnos al micrositio de Gobierno Abierto podemos mencionar el nuevo modelo de gobernanza que sen está buscando, de las bondades y beneficios de un Gobierno Abierto y de cómo este micrositio puede abonar a la participación ciudadana y crea nuevos canales de comunicación entre su gobierno y la sociedad. Cabe mencionar que dicho micrositio llego incluso un año antes que el del propio INAI lanzo.

            Por último, se puede mencionar como el Sistema de Quejas y Denuncias resulta una herramienta para posicionar al Ejecutivo dentro del Sistema Estatal Anticorrupción, así como dicho sistema será de utilidad como un instrumento más para la rendición de cuentas en la Administración local.

Francisco E. Postlethwaite D.

EL MEJOR DESINFECTANTE

El cómplice más formidable de la corrupción es el secretismo, pues es consustancial al poder autoritario y para transitar a la gobernanza democrática necesitamos abrir al gobierno y transparentar sus actos: no hay de otra.

Empezar por el aspecto del castigo o punitivo como lo pide la sociedad por su hartazgo, es empezar por lo más difícil, costoso e ineficaz… es la forma más irracional, insensata y demagógica… la corrupción como toda patología social debemos atacarla por sus causas más que por sus efectos para darle un tratamiento terapéutico de fondo y no sólo sintomático.

El poder público en México sigue siendo en su práctica igual que siempre, a pesar de que ya tenemos una democracia formal o electoral, que nos permite formar gobierno pero no buen gobierno, por tanto, lo que necesitamos es democratizar su ejercicio y sus prácticas y eso es tarea de profesionales del servicio público que sean seleccionados y promovidos, por su capacidad técnica, vocación de servicio,  compromiso social y por su elevada ética de la responsabilidad pública misma que tiene su cimiento en la estricta obediencia y lealtad al Estado de Derecho y no al jefe en turno.

Ese es el cambio que generará las nuevas prácticas y los nuevos resultados.

Pero mientras los mexicanos nos conformemos con depositar nuestra confianza en los políticos iluminados que a la hora de la gobernación resultan improvisados e incompetentes, la corrupción pública continuará por sus fueros.

Las herramientas de la transparencia y el gobierno abierto serán efectivas si el ciudadano las utiliza para ser el verdadero contrapeso al poder público, pero aún en el supuesto que no las utilice, servirán, sin duda, para desinfectar la casa, pues los servidores públicos al estar obligados a colgar su ropa en el tendedero van a exhibir sus miserias y eso es sano pues como dijera a principios del siglo XX el gran ministro de la Corte Suprema de los Estados Unidos Louis Brandeis: “La luz del sol es el mejor de los desinfectantes”.

Francisco E. Postlethwaite D.

CULTURA DE LA LEGALIDAD Y ANTICORRUPCIÓN

La transparencia exige claridad y esa claridad debe empezar con el lenguaje… la cultura de la legalidad es la esencia de un estado de derechos, implica el cumplimiento de las normas legales, pero eso no necesariamente se contrae a su imposición, algo que en nuestro país se confunde y se asocia automáticamente con su cumplimiento o aplicación, lo cual es inexacto.

En efecto las leyes se hicieron para cumplirse, pero en principio su cumplimiento debe ser voluntariamente y sólo por excepción, debe ser por vía de su imposición forzosa de una autoridad.

Nuestro Estado de Derecho es fallido, no necesariamente porque la autoridad no haga cumplir la ley, sino, principalmente, porque los obligados no la cumplen voluntaria y espontáneamente, tanto por los funcionarios públicos como los ciudadanos particulares.

Platón decía que las leyes, para ser verdaderas leyes, no sólo deben exigir obediencia, sino además ofrecer la posibilidad de ser persuasivas; medir la eficacia del Estado de Derecho solamente por virtud de la acción de la autoridad para hacer cumplir la ley y no por virtud de dicho cumplimiento voluntaria, es justamente hacer de la regla la excepción y la excepción la regla, lo cual contraviene la esencia de cultura de la legalidad, misma que se centra en su obligatoriedad general, algo que los mexicanos nos negamos a aceptar de un lado y del otro.

Lo anterior viene a cuenta en torno al tema del combate a la corrupción, pues si no se combate en los dos frentes; por un lado, en el del auto control, por medio de la formación en la ética de la responsabilidad pública que se contrae al cumplimiento de la ley sin excepciones ni discrecionalidad y por otro, mediante el hetero control, por vía de la imposición de la autoridad en el cumplimiento de la ley y la sanción correspondiente, el combate a la corrupción no será efectivo.

Cabe aclarar que es demagógico hablar de erradicar la corrupción, pues ello es irreal, lo real es controlarla.

La visión de la corrupción desde el mirador de la inconformidad legitima de la ciudadana contra las faltas de responsabilidad pública de los servidores públicos, es una visión no sólo miope sino astigmática, por corta, borrosa e injusta, por tanto, las leyes que destacan predominantemente esa visión defectuosa, resultan ser leyes bofas o guangas, parafraseando a Romero Apis.

En efecto, si la impunidad es parte de la ecuación de la corrupción, esa impunidad obedece justamente a instituciones débiles, carentes de capacidades institucionales cuantitativa y cualitativa, consistente en falta de autoridad legal y moral, competencia profesional y buen ejemplo de quienes las dirigen y encarnan.

Sin embargo, cabe aclarar ningún Estado tiene capacidad suficiente y eficiente para poder vigilar y castigar a cada obligado en el cumplimiento o infracción de la ley, por tanto, la honestidad y responsabilidad personal debe ser uno de los pilares del combate a la corrupción y promoverla e incentivarla como parte esencial de la cultura de la legalidad.

El auto control es parte del auto respeto y eso hay que cultivarlo, a través de educar en el sentido del deber y compromiso social, pues estos son los cimientos de la sana y pacífica convivencia social, sin la cual, no puede haber desarrollo y prosperidad.

En ese tema tanto el gobierno como la sociedad civil organizada cobran elevada importancia como educadores sociales : En el tema de la cultura de la legalidad el gobierno como educador omnipresente de la sociedad para que a través de su ejemplo en el cumplimiento de la ley, induzca a los ciudadanos a hacer lo mismo y la sociedad civil organizada, para ir generando las nuevas conductas basadas en el significado trascendente de la ética de la responsabilidad social y cívica, o sea, como pedagogía social en la formación de auténticos ciudadanos de donde surjan nuevas generaciones de servidores públicos.

El temor a la sanción de la ley puede ser un disuasivo para no violarla, pero no es el mejor incentivo para respetarla, pues este respeto debe provenir del buen ejemplo de parte de la función pública y de un auto convencimiento de los ciudadanos que el respeto a la ley es respeto a los demás, lo cual nos enriquece a todos, bajo la conciencia social del bien común, consistente en que nadie realmente gana hasta que ganamos todos.

Transformar a la sociedad debe ser la meta, empezando con reformar la conciencia del mexicano ganón e individualista por el del mexicano ganador y colaborador, mediante la construcción de un sentido de comunidad, que nos genere como fruto una nueva clase política y de servidores públicos. Con eso ganaremos todos.

No podremos encontrar la salida del bosque sólo mirando el árbol, es decir, no podemos ver los problemas en una sola dimensión, porque nos quedaremos cortos en las herramientas para su solución. Por ejemplo: el problema de la corrupción, muchos mexicanos realmente no odian a los corruptos, sino los envidian, esto es la hipocresía que refleja nuestra ceguera moral.

La misión pendiente es construir confianza no sólo en el gobierno o en los ciudadanos, sino, sobre todo, en nosotros mismos y, ésto solamente se logra con la verdad y transparencia, lo cual tiene su componente activo en la ética.

No podremos cambiar lo que hacemos, si no cambiamos lo que somos. Esto es lo que significa el cambio cultural que requerimos.

La prosperidad nos seguirá eludiendo si no convertirnos nuestra inconformidad en una fuente de cohesión social a través de la cultura del respeto a la ley y a los demás.

Esa es la transformación de fondo y no sólo de forma que requerimos.

 FRANCISCO E. POSTLETHWAITE DUHAGÓN

Discurso de Clausura 2da Jornada Contra la Corrupción 2018

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Noviembre 16 de 2018

Discurso de Clausura

2da Jornada Contra la Corrupción en Baja California 2018

Francisco Postlethwaite Duhagón

No supongas nada, honra tus palabras, haz siempre lo mejor que puedas y no te tomes nada de manera personal: los cuatro acuerdos toltecas, cuatro directrices de vida que resumen lo que en esencia debería de regir no solo el actuar del servidor público, sino el de la sociedad en general.

Porque si dentro de nuestro actuar privilegiáramos la verdad, la claridad y el valor de la comunicación, dejaríamos de suponer y prejuzgar, porque como decía el filósofo Claude Levi Strauss “la realidad más veraz, nunca es la más visible”.

Ahí recordé una opinión del Dr. Mauricio Merino, publicada en el año 2017, que nos habla que hasta ahora, la idea de combatir la corrupción ha sido vista como una cuestión de honor y venganza; en la cual el servidor público responde a un estereotipo de oscuridad y deshonestidad, y cuyo único motor es la codicia e interés personal; idea que ha sido fomentada, incluso desde algunos de nuestros actores políticos, en donde “los buenos políticos” se presentan como una alternativa frente “a los malos” y donde ofrecen meterlos a la cárcel y con eso saciar la sed de venganza de la sociedad. Esa imagen ha servido para diseñar discursos políticos y para encasillar a adversarios en el papel de villanos; pero también ha contribuido a envilecer la concepción propia de la corrupción y a convertir la batalla en su contra, en una caricatura, y en la que la propia sociedad contribuye al suponer y prejuzgar como corruptos a todo servidor público o político.

Y aquí resulta importante distinguir entre políticos y servidores públicos, porque no todos los políticos son servidores públicos ni todos los servidores públicos son políticos, así como aclarar que ni todos los políticos son corruptos ni todos los servidores públicos velan por su interés personal. Es más, me atrevería a afirmar que son los menos.

Sin embargo, la tarea que tenemos por delante es grande, la necesidad de crear verdaderas comunidades éticas, serán la base del servicio profesional de carrera que se deberá implementar; y en el que se distinga el doble aspecto del servidor público, en el cual se fortalezca de manera técnica a los servidores, pero a la vez, se creen mejores personas.

Lamentablemente la burocracia mexicana ha desarrollado patrones de relación humana basados en la rigidez de una pirámide que se origina desde el más encumbrado funcionario y baja en línea recta hasta el último de los empleados.

Esto último adquiere suma relevancia porque de nada sirve un servidor público más preparado técnicamente si no trabajamos a la par con el fomento de los valores, tales como integridad, la transparencia, la rendición de cuentas, la eficacia, la lealtad a la ley y el compromiso social hacia el bien común; en otras palabras: un servidor honesto, debemos pues, para lograr esto transitar a una democracia más horizontal en la que exista una corresponsabilidad de responsabilidades.

Y es precisamente ese estándar el que buscamos, no creemos que sea un objetivo utópico, somos capaces de eso, debemos serlo, ya que hoy más que nunca la sociedad lo necesita como ejemplo.

Es en ese sentido que la ética no puede ser ignorada por los gobiernos, pues orienta hacia lo que es pertinente y justo para la sociedad. Auxilia en la toma de decisiones, permite al ciudadano la deliberación, y por lo tanto es un pilar en el actuar, en decir, indica qué es lo que debe hacerse y qué omitirse, resuelve dudas, aconseja, ofrece principios, aporta sabiduría, entendimiento, prudencia, ecuanimidad y capacidad de juicio en la toma de decisiones.

Honrar tus palabras, recordemos pues que los servidores públicos al asumir nuestra encomienda sujetamos nuestro actuar al mandato de la Ley, la ética de la responsabilidad pública trasciende el valor de la lealtad al jefe, pues si bien este es un valor loable, resulta insuficiente en el servicio público, puesto que la primera lealtad de un servidor público es a las normas jurídicas y éticas que rigen su cargo o función. Escudarse o excusarse en la lealtad personal al jefe no es admisible en el servicio público, habida cuenta que en el régimen disciplinario de un gobierno civil y democrático la primera obediencia de un servidor público es a la Ley.

Por eso no es casual ni insignificante la protesta que se rinde cuando se asume un cargo. Si en realidad queremos combatir la corrupción, tenemos que tomar en serio lo anterior y exigir mayor profesionalismo, mismo que implica entre otros requisitos, la integridad de nuestros servidores públicos desde los mandos superiores hacia abajo. Una lealtad sin honestidad y responsabilidad se traduce en sumisión o peor en complicidad.

Por ello, y al lograr una organización horizontal dentro del servicio público, se propicia la llamada cultura de “abogado del diablo” y en la que se empodera a los servidores públicos a fin de que los mismos sean agentes de cambio.

Debemos pues, crear las condiciones necesarias en las cuales los servidores públicos cuenten con una estabilidad laboral, que no se encuentre supeditada a los constantes cambios políticos o de titulares dentro de la administración pública, para de esta manera adoptar de autonomía y libre albedrío al funcionario, y romper con el círculo vicioso de los amiguismos y designaciones improvisadas de funcionarios.

Haz siempre lo mejor que puedas, si bien México necesita nuevas prácticas, estas únicamente se lograrán con políticas públicas bien diseñadas y ejecutadas, que se traduzcan en una nueva forma de ser y hacer las cosas, que produzcan mejores resultados dentro del servicio público, y como consecuencia en una mejor gobernanza.

Al ciudadano no le importa si eso se logra con nuevas reglas o procedimientos, lo que le interesa al ciudadano son los resultados en recibir un mejor trato del servidor público, un trato eficiente, imparcial y honesto del servidor público, si las políticas públicas no nos dan ese nuevo modelo de servidor público, nada va a cambiar si no   cambiamos nosotros, si nosotros no damos lo mejor que podamos.

Por último, no te tomes nada de manera personal; en algunas ocasiones el servicio público puede resultar ingrato, sin embargo, aquel individuo que ingresó al servicio público con el fin de obtener reconocimiento o aplausos de la sociedad, está desubicado, ya que el servicio público implica un sacrificio.

Es por ello que los exhorto a ver hacia adelante, sin reproches ni recriminaciones, con miras a un beneficio común, ya que cuando nos enfocamos a luchar contra lo viejo solo cosechamos frustraciones y nos deprimimos; el secreto del cambio decía SÓCRATES, es enfocarse a no luchar contra lo viejo sino en construir lo nuevo, pero lo nuevo requiere reconocer la realidad y no vivir de ilusiones o irreales expectativas, como lo hemos hecho costumbre los mexicanos; la realidad demanda responsabilidad, es decir, capacidad de responder. Nuestra costumbre es por lo regular responder con nuevas reglas y normas, pero eso es insuficiente, las acciones tienen que florecer en nuevas prácticas, y para eso requerimos instituciones públicas fuertes, regidas y dirigidas por personas competentes y honestas que estén al servicio del bien público.  En las que se recupere la visión de que el estado es una empresa moral en el objetivo de alcanzar el bien colectivo, en la que se recobre la dignidad de los servidores públicos y en el que se enfatice el trabajo especializado y profesional, y todo ello no basándolo únicamente en el castigo y vigilancia si no también reconstruyendo el factor crítico de la capacidad organizacional de la Administración Pública para un buen gobierno.

Aun nos falta mucho, no debemos olvidar la máxima de que la corrupción empieza cuando se nombra para un cargo público a quien no es competente, en ese sentido urge implementar un régimen profesional de carrera del servicio público, regido por los méritos en cuanto a capacidad técnica, vocación de servicio, compromiso social y honestidad, y no por las relaciones o influencias como lo es actualmente. Será pues y parafraseando al Dr. Mauricio Merino “cuando cobremos conciencia plena de lo que esto puede significar para nuestra sociedad, seremos los principales aliados de esta batalla civilizadora”

Sin embargo, y al verlos hoy aquí a todos, al escuchar sus propuestas e inquietudes, no pierdo la convicción y esperanza de que lograremos nuestro objetivo.